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El glaucoma congénito es una enfermedad que provoca un aumento de la presión interna del ojo, dañando al nervio óptico, órgano encargado de transmitir la información visual al cerebro. Se suele dar en los primeros meses de vida del niño o en la primera infancia.

El glaucoma congénito tardío o infantil se manifiesta a partir de los 3 años de edad y hasta la adolescencia.

Los síntomas habituales son el buftalmos o agrandamiento del globo ocular, los ojos "salientes", la epífora o lagrimero, la fotofobia o molestia ante la presencia de luz, y la opacidad corneal, que hace que el iris o zona de color del ojo se vea blanquecino. Junto con ello, se produce un aumento de la longitud del ojo y, también, se presenta miopía.

Las causas pueden encontrarse en una formación anormal en la parte externa del ojo. Otra causa posible es la persistencia de una membrana invisible en el interior del ojo. Aquí se trata de una enfermedad genética.

En ciertas ocasiones, el glaucoma puede ser secundario a otras afecciones oculares.

El tratamiento es microquirúrgico y consiste en efectuar una trabeculotomía o abertura en la parte interna del ojo. Así, se crea una fístula o conducto por donde se filtrará el líquido que todo ojo contiene. Esta operación es exitosa, en general, en un 85% de los casos. Si bien se trata de una intervención compleja, el postoperatorio es simple.Luego se hace imprescindible efectuar controles oculares de por vida.

Esto se debe a que un eventual aumento de la miopía, de la longitud del ojo o del diámetro de la córnea significarían que la presión ocular no se estabilizó.

El tratamiento debe ser considerado como urgente ya que la presión puede dañar el nervio óptico, afectando seriamente la visión.


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